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Pararse a Pensar

Todos disponemos de aptitud para pensar. No todos, sin embargo, nos paramos a pensar.

Todos gozamos de capacidad para pensar. La inteligencia, al fin y al cabo, es la primera capacidad de un ser inteligente y libre como es el ser humano.

¿Por qué somos tan reacios a pensar, no nos paramos a pensar con más frecuencia, sobre todo, en asuntos en los que deberíamos hacerlo? Henri Ford decía que «pensar es el trabajo más difícil que existe, y que tal vez por ello, tan pocos lo hacen». Y, en cierto modo, tenía razón. Pensar exige esfuerzo. Para pensar hace falta querer pensar, desear pensar, atreverse a pensar, es decir, dedicar unos ratos a reflexionar, proponérselo, determinarse a hacerlo.

Ciertamente, es un hecho que se piensa poco. Y, sin embargo, para saber a qué atenerse en las múltiples vicisitudes de la vida, para crecer como persona, para elevar el nivel de cultura de nuestro entorno es necesario pararse a pensar. La vida sola no enseña, lo que, verdaderamente enseña es la lectura que nosotros hagamos de ella, y ese aprendizaje sólo se consigue observando, recapacitando, analizando los hechos y sacando conclusiones.

Para pensar, por lo tanto, no basta disponer de aptitud sino que hace falta ejercitarla y desarrollarla. Ello implica que, además de querer pensar y acostumbrarse a pensar, hay que hacerse de un caudal de conocimientos sobre los que pensar, así como disponer de hábitos, preferencias, actitudes y valores que le proporcionen a uno motivos para pensar. En la medida en que ejercitamos y desarrollamos nuestra inteligencia, nuestro pensamiento se ensancha, va descubriendo matices, nexos, coincidencias, nuevos horizontes. Va aprendiendo, en suma, a relacionar, y, en definitiva nuestra vida se enriquece y adquiere sentido. A este propósito, conviene recordar el consejo que Ortega y Gasset daba a sus estudiantes: «Acostúmbrense ustedes a pensar todos los días un rato, aunque sean diez minutos. No leer, no tomar notas, sino pensar. Es fatigoso, pero verán ustedes que bíceps se les ponen».

Pensar y pensar bien, pues, está al alcance de toda persona que se atreva a pensar, que se acostumbre a pensar, que tenga motivos para pensar y quiera aprender y seguir aprendiendo a pensar durante toda su vida. Porque, convenzámonos, vivir la vida no es vivirla del todo si no se vive reflexivamente, si se renuncia al placer de pensar.

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