La Queja

La Queja

La queja constante y sin motivo justificado es indicio inequívoco de inmadurez. El quejumbroso es el eterno disconforme, propenso siempre a ver la botella medio vacía. Su vida es una suma de agravios y calamidades. Todo está mal, todo va mal, todo lo ve negro. El quejumbroso ciertamente, es un tipo cargante.

La queja, en principio, es legítima y hasta necesaria. Es la manifestación de nuestra disconformidad con algo que está mal o con alguien que, de algún modo, daña nuestros intereses (o los de los demás). No se puede pasar por alto lo intolerable. Cuando algo está mal, uno no debe permanecer en silencio, como si aquello no fuera con él. Tampoco es de recibo quedarse de brazos cruzados, cuando se atenta a nuestro honor o se difama a alguien públicamente.

Para quejarse, en realidad, siempre hay motivos. Desde que suena el despertador hasta que nos acostamos, no nos faltan contratiempos, frustraciones, sucesos inesperados, que nos desconciertan y echan por tierra nuestros planes, roces, cosas que nos contrarían nos hacen torcer el gesto, levantar la voz e incluso llegar a perder los papeles. La vida es bella, pero, al mismo tiempo, es inseguridad, es lucha. Es más, lo normal es que las cosas ocurran entre altos y bajos. La convivencia humana lleva siempre consigo contrariedades y miserias, mezquindades. Los lloriqueos, las respuestas bruscas y destempladas, los gritos, las quejas son como la música de fondo que anima el ambiente familiar y social. Dice un proverbio turco que «una casa sin querellas es como una boda sin música». Allí donde hay movimiento, ruido, ajetreo hay vida. Los muertos, desde luego, no se quejan y todos sabemos por experiencia que aquellos que «no saben» o «no contestan», los «clásicos» «convidados de piedra», resultan particularmente incómodos.

Las quejas, si no están justificadas, son un recurso pobre e incordiante, que dice bien poco del que las hace, y que lo desacredita. Los que más se quejan son los niños, los viejos y los enfermos. Estos últimos, por supuesto, no tienen otro medio de desahogarse o aliviar sus padecimientos y achaques. El niño, carente de razón y con escaso sentido de la realidad, atosiga a sus padres con protestas y gimoteos para salirse con las suyas, cuando no consigue sus deseos y caprichos. Los viejos, por último, si no aceptan las cosas como son en realidad, es decir, el envejecimiento con la pérdida de facultades que éste trae consigo, se convierten, de ordinario, en auténticos «cenizos», presa de ese egoísmo senil, que tiraniza a cuantos viven a su alrededor.

El hombre y la mujer maduros sólo se quejan, cuando tienen que hacerlo. A estas alturas de la existencia el ser humano ha ganado ya suficiente experiencia, conoce sus propias limitaciones y las ajenas y entiende de sacrificios y renuncias. El adulto, con el transcurso de los años, ha adquirido el rodaje suficiente para afrontar la vida con realismo. No es insensible, ni es inmune a las adversidades, fracasos, «cornadas» que, de vez en cuando, da la vida, sino que procura buscar soluciones, cambiar las cosas, a sabiendas que los obstáculos curten y hacen crecer a las personas.

Le preguntaron a Manuel Patarroyo, científico colombiano, descubridor de la vacuna contra la malaria
– «Usted es de los que piensan que quejarse no sirve de nada ¿verdad?»
Y contestaba:
– «Lo que vale es modificar las circunstancias para no tener que quejarse, luchar, luchar, luchar para que exista un mundo mejor y más equitativo. No sólo es legítimo, sino necesario».

Nada más lejos de la persona madura que caer en el quejismo, esa actitud negativa, que, lejos de arreglar las cosas, lo que hace es enrarecer el ambiente y trasladar a los demás nuestro mal humor.

Nuestras quejas son, a veces, sutiles. Nos lamentamos interiormente de que los otros no apoyen suficientemente lo que nosotros hacemos. Nos vemos madrugando, corriendo, desviviéndonos, mientras que nuestros vecinos ni madrugan, ni corren ni se desviven. Sólo viven para sí mismos. Sin darnos cuenta, queremos que todo el mundo bailen a nuestro modo y manera. Y esto, además de no ser justo, es arbitrario y claramente imposible. El hecho de que los demás no actúen como tendrían que hacerlo es inevitable. Vivimos en un mundo que no es perfecto y que está por hacer. En realidad nos quejamos interiormente de los otros, estamos buscando inconscientemente un chivo expiatorio (una excusa) para justificar actitudes de las que, en cierto modo, nosotros, en parte, somos cómplices.

La queja es, indudablemente, una prueba de la capacidad de reacción de una sociedad ante lo que va mal y, en ese sentido, un reflejo sano. A través de ella se han conseguido grandes avances, así como despertar la conciencia social. Otra cosa es abusar de ella, sumarse a lo que se ha quedado en denominar la cultura de la queja «aquella en la que todo son derechos sin deberes, en la que alguien tienen que ser culpable de lo malo que nos pasa, aunque se defienda que lo que hacemos los hombres siempre es bueno, sin importar que bajo nuestra acción se pueda intuir el egoísmo o la mezquindad» (Javier Aranguren).

La Queja La cultura de la queja se despliega hoy a sus anchas en nuestro país: los más «indignados» se manifiestan contra «el sistema«; los funcionarios contra la paga perdida; los profesores contra los «recortes«, etc. etc. Todas son quejas, razonables, por cierto, pero netamente interesadas y en defensa de derechos adquiridos, que no quieren saber nada sobre sus obligaciones en estos momentos de crisis.

Reclamar, protestar, exigir el libro de reclamaciones, denunciar incluso, es legítimo y necesario. La vida moderna es compleja, estresante y conflictiva, a veces. Con frecuencia podemos ser víctimas de precios abusivos, arbitrariedades, fraudes, malas prácticas, etc., etc. La queja es, entonces, la manera más eficaz de arreglar las cosas. Quejémonos, pues, pero, cuando lo hagamos, que sea de una forma cortés y civilizada. No es fácil, pero, si reclamamos nuestros derechos con ese talante sereno, conseguiremos mejor las cosas y de camino contribuiremos a crear una buena convivencia.

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